Claude Shannon

Miguel Camacho Ruiz—

Hoy hablo de uno de mis héroes: Claude Shannon. Una mente privilegiada que hizo de su amor por las matemáticas y la electrónica un modo de vida.
Shannon era un niño inquieto: jugaba con radios, construía barcos en miniatura y hasta ideó un telégrafo usando cables de su casa para comunicarse con un amigo de unas calles más allá.
Avancemos al MIT, donde Shannon estudió ingeniería eléctrica y matemáticas. Dos campos que en la mente de Shannon se combinaron como churros con café. Mientras trabajaba en su tesis de máster (una joya titulada "A Symbolic Analysis of Relay and Switching Circuits"), se le ocurrió algo revolucionario: usar álgebra booleana, que básicamente convierte la lógica en matemáticas, para analizar circuitos eléctricos. Fue rápidamente reconocido, se llevó el premio Alfred Noble por esta tesis (no el Nobel, este es otro con un nombre que se le parece) y esto marcó el inicio de la digitalización como la conocemos.
Durante la Segunda Guerra Mundial Shannon hizo contribuciones importantes en el campo de la computación analógica mientras trabajaba para Defensa. En 1943 conoció a Alan Turing, una persona cuyo trabajo se complementaba fantásticamente con el suyo y al que admiraba profundamente.
En 1948, Shannon publicó “A Mathematical Theory of Communication”, el paper que cambió las reglas del juego. ¿Qué descubrió? Que toda información, desde un poema de Neruda hasta una llamada telefónica, puede representarse como una secuencia de bits: ceros y unos. Pero no se quedó ahí: definió conceptos como la capacidad de canal, el ruido o la entropía de información. Vamos, que se cuajó la teoría de la información moderna sin despeinarse.
Su trabajo no solo fue revolucionario, fue poético. Shannon veía la información como algo medible, algo tan tangible como los ladrillos que construyen una casa. Pero aquí hablamos de la infraestructura invisible que soporta internet, los smartphones y las IA que escriben textos similares a éste (pero no éste, que lo he escrito yo 😅).
Y como no podía ser de otra manera, Shannon era… peculiar. Le encantaba construir cosas raras: monociclos, máquinas para jugar ajedrez y hasta un robot malabarista. Era el tipo de persona que no solo hablaba de ideas, las materializaba de formas casi infantiles, pero profundamente complejas. Una vez creó un ratón electrónico llamado Teseo que podía encontrar su camino a través de un laberinto simplemente para demostrar que era posible enseñar a las máquinas a "aprender". Este hombre era como un cruce entre Tesla y Turing, pero con más visión estratégica.
Gracias a Shannon, vivimos en un mundo digital. Su idea de comprimir información sin perder su esencia está detrás de todo: desde los archivos ZIP que compartes, hasta el streaming de Netflix. Sin Shannon, probablemente tendríamos comunicaciones más lentas, menos fiables y… menos hermosas.
Pero más allá de su impacto técnico, Shannon nos dejó una lección de vida: la importancia de ser curioso. Él no se limitó a resolver problemas inmediatos; soñó con un mundo mejor, un mundo donde pudiéramos comunicarnos sin barreras, y luego encontró la manera de construirlo.
Salve Claude Shannon, el ingeniero curioso, el matemático práctico. El héroe que imaginó un mundo conectado.